Pintura de la serie de desnudos de la artista Tania Reyes
En la obra de la artista, también conocida como Fénix Cienfuegos, la materia en sus pinturas va desde la muerte canónica de una vaca en medio de un paisaje rebosante de vida, pasando por el desnudo críptico de un ser querido, hasta la plenitud de una herida carnal simbolizada en una flor contenida por el reposo. Tan sólo un ejemplo de los procesos pictóricos con los que la autora decodifica su propio camino
Ver lo prohibido en el firmamento, una noche de necedad por encontrarse a uno mismo, es la herida que hace pintar a la artista Tania Reyes cuadros sobre la crudeza de lo etéreo cuando aún es carne.
Al principio de la trayectoria creativa de la pintora, también conocida con el seudónimo Fénix Cienfuegos, la pregunta por el ser, realizada desde el ego inflado por el deseo de poseerlo todo, vino en un viaje insensato que le provocó corto circuito.
El mal shoot de mezcalina fue el inicio del trastorno, luego de que se abrió ante sus ojos la imagen vedada a los no iniciados: un abismo en el cielo al que iban los flujos de la energía pura en la que nos convertimos al morir. Esta fue la visión de Tania que la llenó de desesperanza, sin saber aún que del paisaje desolado vendría la reinvención.

«Mi mente conceptual quería tener un diálogo conceptual con alguien del más allá, pero cuando vi esa energía lo que pasó fue que se rompieron mis estructuras, porque vi la nada», relata Tania, años después del descalabro psíquico que sufrió cuando buscaba su propia identidad.
«Lo que sentí fue que algo en mi me dijo: esto eres. Todo esto eres, de aquí vienes y aquí vas a volver, pero el punto es si ya quieres llegar, porque no hay atajos, este es el atajo».
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Lo que experimentó Tania al ordenar que Dios le marcara el camino fue la densidad del velo invisible que recubre lo real. El gesto mínimo de la forma universal de Krishna cuando muestra tan sólo una milésima parte de su rostro insoportable. Una manifestación abrumadora de la totalidad a la que sólo se puede acceder con el lenguaje del arte.
Con la herida posterior a la revelación que no debía ser develada, Tania iniciaría una nueva cruzada para comprender, con la zozobra que causa ir paso por paso, los ritos pictóricos que hicieron sanar su trauma. La nada, esa noche expuesta como una vivencia apabullante se convertiría, como le enseñó la filosofía oriental de Kitaro Nishida, en «el lugar donde el ser se revela en su totalidad».

Al dar con el taller de Nizaac Vallejo de pintura y dibujo, Tania logró reconocer y delimitar su propio ecosistema: aprendió el lenguaje del color, descubrió que sin la práctica el conocimiento se hace intransferible y que la repetición crea nuevas estructuras sinápticas para pensar a través del dibujo. La primera meta, dice Tania, fue encontrar la concordancia de lo que sentía con lo que pintaba.
«Aprendí a ver la pintura de una manera muy profunda. No nada más como un gusto o un pasatiempo, sino como una forma de construir tu conocimiento y de cuestionar la realidad».
Algo que decía Nizaac, cuenta Tania, es que la «actitud creadora» era pintar pese a todos problemas por los que constantemente atravesamos, «ya que eso era defender lo que eres, y que eso es el acto más anarquista que puedes hacer: ser fiel a ti mismo».

Al hablar de las influencias que marcaron su carrera, sale a relucir la postura de Gilberto Aceves Navarro sobre estar presente en el proceso creativo, más que sólo en el resultado; la idea de paisaje como la construcción conceptual formada por los fenómenos culturales de la sociedad, la mirada contemplativa y los factores emocionales del artista de Javier Maderuelo; las acciones del colectivo Semefo, del que era parte Teresa Margolles, y su fijación radical por los procesos de integración, transición y desintegración que atraviesa la materia orgánica.
Tania afirma que el contexto de inseguridad, miedo y desempleo que aún caracteriza al país es lo que la llevó a sentir la angustia con la cual pudo preguntarse el sentido de su existencia, sin embargo, pese a que uno de sus enfoques está en las múltiples formas que la muerte adopta, la pintora realiza sus cuadros con la certeza de que ésta no es final.
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La pintura no fue un refugio para la artista originaria de Nezahualcoyotl, Estado de México. El arte visual se convirtió para Tania en la condición anímica que usó para conectar con la parte creadora de una realidad que llevaba tiempo secuestrada por la violencia, y que absorbió para fustigar su arte con pinceladas que envuelven las formas como ráfagas.
En la obra de Fénix Cienfuegos la materia en sus pinturas va desde la muerte canónica de una vaca en medio de un paisaje rebosante de vida, pasando por el desnudo críptico de un ser querido, hasta la plenitud de una herida carnal simbolizada en una flor contenida por el reposo. Tan sólo un ejemplo de los procesos pictóricos con los que la autora decodifica su propio camino.

El retrato La devoradora de inmundicias, hecho en óleo pastel, una vaca es «digerida» lentamente por la tierra, en un paraje abierto y floreado por la temporada de lluvia. El encuentro con el animal significó para Tania una reconfiguración de la muerte, a la que solemos ver aislada de su naturalidad y de la conexión con su entorno. Pictóricamente, la imagen trata del «contraste y transición de la materia oscura de la putrefacción de la carne, las partes aún vivas del cadáver y las flores que estaban alrededor. Una metáfora de la infinitud del espíritu», explica la autora.
La serie de desnudos realizada por Tania es un ensayo sobre la intimidad que crea la relación entre cuerpo y espacio. Los retratos de los integrantes de su círculo más cercano nacen como respuesta al mundo artificial y heteronormado de la publicidad. Pintar el cuerpo desnudo de amigos, familiares y cómplices fue para la creadora un trabajo dedicado a la veracidad, frente a un sistema que cosifica todo lo que toca.

El cuadro La muerte es de la carne, realizado en acrílico sobre tela, congela en colores cálidos la erupción energética de un ciclo vital, pintado en un contexto de cuidado y recuperación, luego de una intervención quirúrgica que la llevó a la cama durante meses.
«Una manera en la que he explorado los contrastes de la vida, las transiciones de un estado a otro y las paradojas, es por medio de la variabilidad de tratamientos de la pintura y fusiones un color que me permite el óleo, con los contrastes tonales y de saturación y la sensación de integración y desintegración de la materia por medio de la falta de contornos y la pincelada», dilucida Tania en su nuevo lenguaje.

Para el futuro, Tania Reyes: Fénix Cienfuegos se ha propuesto la tarea de mostrar cómo la naturaleza a través de la mirada contemplativa del paisaje y la pintura puede manifestar los mismos ciclos que el proceso del cuerpo en descomposición. En tanto, la artista pinta con colores iluminados por el presente que, a su vez, dan la sensación de efusión: palabra de doble intensidad entendida aquí como el derramamiento pictórico de una fascinación filial por los procesos que atraviesa lo humano y lo mundano.